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nydus/Don QuixotePublic
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XXV. Que trata de las extrañas cosas que al valiente caballero de la Mancha sucedieron en la Sierra Morena, y de su

brevemente y a buenas noches, que yo no quiero pasar por esas armas, y, como digo, me ahorrará tiempo para mi vuelta, que será con las nuevas que vuesa merced desea y merece. Si no, mire por la señora Dulcinea; si no le responde a la redonda, juro tan solemnemente como lo puedo hacer que le he de sacar la buena respuesta de las tripas a patadas y a puñadas; pues, ¿por qué se ha de sufrir que un caballero andante tan famoso como vuesa merced se vuelva loco sin qué ni qué por una—? ¡No me haga la señora que lo diga, que, a fe de Dios, que he de soltar el meluar y decirlo todo a trochemoche, aunque no se venda: bien me conocen! Si me conocieran, a fee que me temieran!

—A fe, Sancho —dijo don Quijote—, que, por lo que parece, no tienes más discreción que yo.

—No estoy tan loco —respondió Sancho—, pero sí tengo más genio; mas, a todo esto, ¿qué ha de comer vuestra merced en tanto que yo vuelvo? ¿Saldrá por esos caminos adelante como Cardenio a quitárselo a los pastores?

—No te inquiete esa zafura —respondió don Quijote—, que, aunque la tuviera, no comería otra cosa que las yerbas y los frutos que este prado y estos árboles me quisieren dar; que la fineza de mi negocio consiste en no comer y en hacer otras mortificaciones.

—¿Sabéis de qué tengo miedo? —dijo a esto Sancho—; de no saber volver al lugar donde os dejo, según es de apartado.

—Advierte bien las señales —dijo don Quijote—, porque yo procuraré no apartarme mucho de estos contornos, y aun tomaré cuidado de subir a la más alta de estas peñas, por ver si te descubro volver; pero, por que no yerres el camino y te pierdas, el mejor remedio será que cortes algunas

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