infanta le había dado para casarse con él, sacado por mi ingenio con tanta fuerza, que ni la fuerza de Sansón pudiera quebrantarlo. Hiciéronse las diligencias; vio el Vicario el billete, tomó a la señora la confesión, confesó ella llanamente, y mandó el juez que la entregasen a un alguacil de corte muy honrado.”
—¿También hay alguacils de corte en Candaya —dijo a esto Sancho—, y poetas y seguidillas? ¡Voto a tal que se me figura que no hay tierra donde no se pase en esto del mundo a la par! Pero, ¡alegrarse, señora Trifaldi, y dese prisa, que es tarde, y yo me muero por saber el fin de este tan largo cuento!
—Lo haré —respondió la condesa.