Hablar de Don Quijote como si fuera meramente un libro humorístico constituiría una descripción manifiestamente errónea. Cervantes lo convierte a veces en una especie de miscelánea de ensayos y críticas ocasionales, o en el receptáculo de las observaciones, reflexiones y la sabiduría acumulada de una vida larga y agitada. Es una mina de certeras observaciones sobre la humanidad y la naturaleza humana.
Entre las novelas modernas puede haber, aquí y allá, estudios de personajes más elaborados, pero no hay ningún libro más rico en caracteres individualizados. Lo que Coleridge dijo de Shakespeare in minimis es aplicable a Cervantes; jamás, ni siquiera con el propósito más transitorio, presenta una figura de cartón piedra. Hay vida e individualidad en todos sus personajes, por poco que tengan que hacer o por breve que sea el tiempo que aparezcan ante el lector.
Sansón Carrasco, el cura, Teresa Panza, Altisidora, incluso los dos estudiantes con los que se cruzan camino de la cueva de Montesinos, todos viven, se mueven y tienen su ser; y es característico de la amplia humanidad de Cervantes que no haya ni uno solo aborrecible entre todos ellos. Incluso la pobre Maritornes, con su moralidad deplorable, tiene su propio buen corazón y «cierta sombra y semejanza de cristiana»; y en cuanto a Sancho, aunque al diseccionarlo no encontremos en él un solo rasgo entrañable, a no ser una especie de afecto perruno hacia su amo, ¿quién hay que en su corazón no lo ame?