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nydus/Don QuixotePublic
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XXVIII. Que trata del extraño y deleitoso acontecimiento que al cura y al barbero sucedió en la misma Sierra

A Dorotea le impresionaron tanto las palabras de Cardenio como su extraño y mísero atuendo, y le suplicó que, si sabía algo acerca de ella, se lo contase sin tardanza, pues si la fortuna le había dejado algún bien, era el valor para soportar cualquier calamidad que pudiese sobrevenirle, ya que estaba segura de que ninguna podría alcanzarla que fuese capaz de aumentar en grado alguno lo que ya padecía.

—No dejaría pasar la ocasión, señora —replicó Cardenio—, de decirle lo que pienso, si lo que sospecho fuese la verdad; pero hasta ahora no ha habido oportunidad, ni le importa a usted en nada saberlo.

—Sea lo que fuere —respondió Dorotea—, lo que en mi historia sucedió fue que don Fernando, tomando una imagen que en el aposento estaba, la puso por testigo de nuestro desposorio, y con las palabras más eficaces y juramentos extraños me dio su palabra de serme esposo; aunque antes que del todo la acabase de dar, le rogué que mirase bien lo que hacía, y que considerase el enojo que su padre había de tener de verle casado con una labradora y vasalla suya; y le avisé que no le cegase mi hermosura, cual era, pues no bastaba para excusar su falta; y que si en el amor que me tenía quería hacerme algún bien, fuese el de dejar correr mi suerte a la par que pedía mi estado, porque los matrimonios desiguales nunca traen consigo la felicidad, ni duran mucho en el gusto que con ellos se comienza.

Todo esto que ahora he vuelto a repetir le dije, y mucho más que no se me acuerda; pero no fue parte para inclinarle a que dejase su intención, que el que no tiene intención de pagar no se cura de dificultades cuando hace el concierto. Al mismo tiempo pasé por mi imaginación este discurso breve, diciendo:

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