Daban grandes voces, diciendo: —¿Adónde vais, demonios de hombres? ¿Estáis locos? ¿Queréis ahogaros, o haceros pedazos en estas ruedas?
—¿No te lo dije yo, Sancho —dijo a esto Don Quixote—, que habíamos llegado al lugar donde tengo de mostrar el valor de mi brazo? Mira qué rufianes y villanos salen contra mí; mira qué monstruos se me oponen; mira qué rostros atrocísimos vienen a espantarnos. ¡Pues agora veréis, malandrines! Y luego, poniéndose en pie en la barca, comenzó a dar grandes voces a los molineros, diziendo: —Gentuza mal nacida y peor aconsejada, restituid a la libertad y a su franquicia la persona o personas que tenéis en esta vuestra fortaleza o prisión oprimidas, alta o baja, o de cualquier cualidad y condición que sea, que yo soy Don Quixote de La Mancha, llamado de otra suerte el Caballero de los Leones, a quien está guardado, por disposición de los cielos altos, dar felice fin a esta aventura. Y en diziendo esto, desenvainó la espada y comenzó a dar cuchilladas al aire contra los molineros, los cuales, oyendo y no entendiendo aquellas necedades, se pusieron a detener la barca con unas poles, que ya entraba por el raudal de las ruedas. Cayó Sancho de hinojos, rogando devotamente al cielo que le librase de tan manifiesto peligro; lo cual hizo la presteza y solidez de los molineros, que, empujando la barca con las pértigas, la detuvieron, no sin tragarse a Don Quixote y a Sancho y echarlos a entrambos en el agua; y ventura fue que Don Quixote sabía nadar como un ganso, aunque el peso de las armas le dio dos veces con el cuerpo en el fondo; y a no ser por los molineros, que se arrojaron al agua y los sacaron a los dos, fuera Troya para entrambos. Luego que salieron a tierra, más mojados que sedientos, se arrodilló Sancho y, juntas las manos y alzados los ojos al cielo, hizo una larga y devota oración a Dios que le librase de allí adelante de las locas empresas y acometimientos de su amo.