seguirse con demasiada rigurosidad al traducir Don Quijote, es evitar todo aquello que tenga sabor a afectación. El libro mismo es, en verdad, en cierto sentido una protesta contra ella, y ningún hombre la aborreció tanto como Cervantes. Por esta razón, creo que debe resistirse cualquier tentación de emplear un lenguaje antiquado u obsoleto. Al fin y al cabo es una afectación, y una para la cual no hay justificación ni excusa. El español probablemente ha experimentado menos cambios desde el siglo XVII que cualquier otra lengua de Europa, y la mayor parte, con mucho, y ciertamente la mejor parte de Don Quijote difiere muy poco en su lenguaje del español coloquial de la actualidad. Salvo en los cuentos y en los discursos de don Quijote, el traductor que utilice el lenguaje cotidiano más simple y sencillo será casi siempre el que más se acerque al original.
Viendo que la historia de Don Quijote y todos sus personajes y episodios llevan ya más de dos siglos y medio siendo tan familiares como palabras de uso cotidiano en labios ingleses, me parece que los viejos nombres y frases familiares no deben cambiarse sin una buena razón.
Naturalmente, un traductor que sostenga que Don Quijote debe recibir el trato que un gran clásico merece, se sentirá obligado por el mandato impuesto al morisco en el capítulo IX de no omitir ni añadir nada.