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nydus/Don QuixotePublic
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XXIX

—Ay, y unos güevos —replicó Sancho; y sacudiendo los dedos, se lavó toda la mano en el río, por cuyas aguas iba deslizándose la barca mansamente por el mismo centro de la corriente, no movida de alguna oculta inteligencia ni de invisible encantador, sino de la misma corriente, que allí era mansa y apacible.

A poco llegaron a la vista de unos grandes molinos de agua que en mitad del río estaban, y apenas los hubo visto don Quijote, cuando con alta voz dijo:

«¿Ves allí, amigo, adonde se descubre y parece el castillo o fortaleza donde deve de estar algún caballero oprimido, o alguna reina maltratada o infanta en fuerza, para cuyo socorro soy aquí traído?».

—¿Qué ciudad, ni qué fortaleza, ni qué castillo es el que vuestra merced dice, señor —dijo Sancho—, sino que no ve que aquellos son molinos que están en el río donde se muele el trigo?

—Calla la boca, Sancho —dijo don Quijote—; que, aunque parecen molinos, no lo son; ya te he dicho que los encantos mudan las cosas y truecan sus proprias figuras; no quiero decir que las truequen de verdad en verdad, sino que así lo parece, según la experiencia lo demostró en la transformación de Dulcinea, sola refugio de mis esperanzas.

Por entonces la barca, habiendo llegado al medio de la corriente, comenzó a andar menos despacio que hasta allí. Los molineros de los molinos, así como vieron venir la barca por el río y que se entraba por el artificio del agua y ruedas, acudieron a toda prisa muchos dellos con unos palos largos a defendella; y, como venían todos hecineros, de los rostros y vestidos blanqueados de harina, parecían de facha endiablada.

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