y denuestos a quien allí le había llevado, se alzó, quedándose medio doblado como arco turco, sin poder enderezarse; pero con todo su dolor enjalbegó su asno, que también se había andado un poco alborotado con la demasiada licencia de aquel día; levantó luego a Rocinante, y si él tuviera lengua con que quejarse, a buen seguro que ni Sancho ni su amo le hubieran aagañado.
Para abreviar, subió Sancho a don Quijote sobre el rucio, y a Rocinante lo ató del cabestro, y cogiendo al asno de la jáquima, caminó más o menos hacia la parte que le pareció que debía de ser el camino real; y como la suerte iba guiando los negocios dellos de bien en mejor, no hubo andado poco más de una legua cuando descubrió el camino, en el cual vio una venta, que, a despecho suyo y gusto de don Quijote, había de ser castillo.
Porfió Sancho que era venta, y su amo que no, sino castillo, y duró la disputa tanto tiempo, que les dio lugar a llegar a ella, y en ella se entró Sancho sin más disputa alguna con toda su recua.