fin, la trajo a la perfección que mañana veremos, porque los viernes está muda, y siendo hoy viernes habremos de esperar hasta el día siguiente. En este entretiempo puede vuestra merced pensar en lo que querrá preguntarle; y yo sé por experiencia que en cuantas respuestas da dice la
Don Quijote quedó admirado de la virtud y propiedad de la cabeza, y estuvo a punto de no creer a don Antonio; pero viendo lo poco que había de tardar en probar el asunto, no quiso decir otra cosa sino que le agradecía haberle descubierto tan gran secreto.
Luego salieron del aposento, don Antonio cerró la puerta con llave y se dirigieron a la sala donde los demás caballeros estaban reunidos. Mientras tanto, Sancho les había contado varias de las aventuras y sucesos que le habían ocurrido a su amo.
Aquella tarde sacaron a Don Quijote a pasear, no con sus armas, sino de calle, con una ropilla de paño leonado que en aquella estación habría hecho sudar al mismo hielo.
Se dejó orden a los criados de que entretuvieran a Sancho para no dejarle salir de la casa.
Montaron a Don Quijote, no en Rocinante, sino en una gran mula de fácil paso y ricamente jaezada. Pusiéronle la ropilla, y a las espaldas, sin que él lo sintiese, le cosieron un pergamino en que decía con letras grandes: «Este es Don Quijote de La Mancha».
En saliendo con su comitiva, el cartel atrajo los ojos de cuantos lo miraban, y al leer: «Este es Don Quijote de La Mancha», se maravillaba Don Quijote de ver que cuántos le miraban le nombraban y conocían; y, volviéndose a Don Antonio, que a su lado iba, le dijo: «Grande es la prerrogativa que encierra la andante caballería, pues hace conocer y celebrar a su profesor por todos los términos de la tierra; mire vuestra merced, Don Antonio, que hasta los muchachos de esta ciudad me conocen, sin haberme visto jamás».