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nydus/Don QuixotePublic
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LXII

Un sobrino de don Antonio, estudiante agudo y discreto, fue el interlocutor, al cual, por habérselo dicho su tío antes quiénes eran los que aquel día habían de entrar con él en el aposento de la cabeza, le fue fácil responder a la primera pregunta de repente y con propiedad; a las demás respondió a tiento y, por ser ingenioso, con discreción. Añade Cide Hamete que duró esta maravillosa máquina como diez o doce días; pero como dio que hablar por la ciudad que él tenía en su casa una cabeza encantada que a cuantos le preguntaban respondía, don Antonio, temiendo que no llegase a oídos de los señores vigilantes de nuestra fe, dio cuenta del negocio a los señores inquisidores, los cuales le mandaron que la deshebrase y no la usase más, porque no se escandalizase el vulgo ignorante. De don Quixote, y aun de Sancho, siempre la cabeza fue tenida por encantada y por que respondía a las preguntas, aunque más a satisfacción de don Quixote que a la de Sancho.

Los caballeros de la ciudad, para complacer a don Antonio y hacer también los honores a don Quijote, y darle ocasión de mostrar su locura, dispusieron una fiesta de correr anillas de ahí a seis días, la cual, sin embargo, por causa que después se dirirá, no tuvo efecto.

A don Quijote se le antojó pasearse de incógnito y a pie por la ciudad, porque temía que, si iba a caballo, los muchachos le habrían de seguir; y así salieron a caminar él, Sancho y dos criados que don Antonio le había dado. Y sucedió que, caminando por una calle, alzó los ojos don Quijote y vio escrito sobre una puerta, con letras muy grandes: «Aquí se imprimen libros», de lo cual se alegró mucho, porque hasta entonces nunca había visto imprenta alguna, y tenía deseo de saber cómo fuese. Entró con todo su acompañamiento, y vio tirar en una parte, corregir en otra, componer en esta, ensayar en aquella; en fin, toda la máquina que

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