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nydus/Don QuixotePublic
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III

De la risible conversación que pasó entre don Quijote, Sancho Panza y el bachiller Sansón Carrasco

Don Quijote quedó muy pensativo, esperando al bachiller Carrasco, de quien había de saber cómo él mismo había sido puesto en libro, según Sancho decía; y no se podía persuadir que tal historia estuviese en Purgatorio, digo, en imprenta, porque aún no se le habían secado a su espada las sangres de los enemigos que había muerto, y ya querían que anduviesen en estampa sus altas caballerías. Con todo esto, imaginaba que algún sabio, o amigo o enemigo, las habría dado a la imprenta por arte de encantamiento: si amigo, para engrandecerlas y sublimarlas sobre las de más famosas que aventurero alguno tuvo; si enemigo, para ponerlas en suero y bajarlas debajo de las más viles que jamás estuvieron escritas de ningún escudero, puesto que él decía entre sí que las de los escuderos jamás se habían escrito. Si, por ventura, fuese verdad que semejante historia andaba en pro, había de ser por fuerza que el cuento de aquel caballero andante fuese pomposo, alto, insigne, magnífico y verdadero. Con esto se consolaba un poco, aunque le afligía el pensar que su autor era moro, según mostraba el título de Cide, y que de los moros no se podía esperar verdad alguna, porque todos son embusteros, falsos y chimiquines. Temíase que no hubiese tratado sus amores con cortas tretas y de manera que redundasen en desdoro y menoscabo de la honestidad de su señora Dulcinea del Toboso; antes quisiera que declarara la fe y respeto que él siempre le había guardado, posponiendo a ella reinas, emperatrices y doncellas de toda laya, y refrenando la natural impetuosidad de sus apetitos. En

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