Llegados a él, maese Pedro se encasquetó dentro, que era el que había de manejar los títeres, y un muchacho, criado suyo, se puso a pie del retablo para hacer de Fígaro y declarar los misterios de la representación, teniendo una varilla en la mano con que señalaba las figuras que salían. Y así, estando todos los que en la venta estaban colocados ante el retablo, unos en pie y don Quijote, Sancho, el paje y el primo acomodados en los mejores lugares, el interpretes empezó a decir lo que oirá o verá el que leyere o oyere el capítulo siguiente.
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