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nydus/Don QuixotePublic
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XXXV

vigor, que no te incita sino a comer y comer, y pon en libertad la tersura de mis carnes, la hidalguía de mi condición y la hermosura de mi rostro. Y si por mí no te quieres inclinar ni venir a razón, hazlo por el de ese pobre caballero que tienes a tu lado; tu amo quiero decir, que veo que se le tiene ahora mismo el alma atravesada en la garganta, a no diez dedos de los labios, y no espera otra cosa que tu inflexible o blanda respuesta para salírsele por la boca o volvérsele a entrar por el

Oyendo esto don Quijote se tentó la garganta, y volviéndose al duque, le dijo: —A Dios gracias, señor, que dice verdad Dulcinea, y que tengo el alma aquí en la garganta como la nuez de una ballesta.

—¿Qué decís a esto, Sancho? —dijo la duquesa.

—Digo, señora —replicó Sancho—, lo que otra vez dije: que de los azotes, abernuncio.

—«Abrenuncio», debes decir, Sancho, y no como tú dices —dijo el duque.

—Déjeme en paz, alteza —dijo Sancho—, que no estoy yo ahora para mirar en cortapisas ni en letras más ni menos; porque estos azotes que me han de dar, o me he de dar, me tienen tan desatinado, que no sé lo que me digo ni lo que me hago. Y quisiera saber de esta señora, mi señora Dulcinea del Toboso, dónde aprendió este modo que tiene de pedir favores. Viene a pedirme que me talle las carnes a azotes, y llámame alma de cántaro y bellacazo mal encendido, con una retahíla de nombres denodados que se los lleve el diablo. ¿Por ventura es de bronce mi carne, o se me da a mí que esté encantada o descantada? ¿Trae ella acaso algún costal de camisas limpias, pañuelos y zaragüelles —aunque no uso dellos— para acariciarme?

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