Mas para nosotros no fue parada de mujer mala, sino puerto seguro de nuestro descanso, según se había alborotado el mar. Pusimos guarda en tierra y no quitamos los remos de las manos, y comimos de la repostería que el renegado había provisto, suplicando a Dios y a Nuestra Señora con todo nuestro corazón que nos socorriesen y diesen feliz fin a tan próspero principio. A los ruegos de Zoraida se mandó poner en tierra a su padre y a los demás moros que atados traían, porque ella no sufría, ni su tierno corazón consentía, ver a su padre atado y a sus patriotas prisioneros delante de sus ojos. Prometimos de hacerlo así al tiempo de la partida, porque, como aquello era despoblado, no corríamos ningún peligro de dejarles allí.
Nuestras súplicas no fueron en vano ni quedaron sin ser escuchadas por el Cielo, pues al cabo de un rato el viento cambió a nuestro favor y calmó el mar, invitándonos una vez más a reanudar nuestro viaje con buen ánimo. Viendo esto, desatamos a los moros y, uno por uno,