Una teoría era que el libro era una especie de alegoría que exponía la lucha eterna entre lo ideal y lo real, entre el espíritu de la poesía y el espíritu de la prosa; y tal vez la filosofía alemana nunca parió un camello más desgarbado ni improbable de las profundidades de su conciencia interna. Algo de ese antagonismo, sin duda, se encuentra en Don Quijote, porque se encuentra en todas partes de la vida, y Cervantes se inspiró en la vida. Es difícil imaginar una comunidad en la que el incansable juego de desacuerdos entre Sancho Panza y Don Quijote no fuera reconocido como fiel a la naturaleza. En la edad de piedra, entre los habitantes de los palafitos, entre los hombres de las cavernas, hubo donquijotes y sanchos panzas; debió de existir el troglodita que jamás lograba ver los hechos ante sus ojos y el troglodita que no era capaz de ver otra cosa. Pero suponer que Cervantes se propuso deliberadamente exponer semejante idea en dos voluminosos tomos en cuarto es suponer algo no solo muy ajeno a la época en que vivió, sino por completo ajeno al propio Cervantes, quien habría sido el primero en reírse de un intento de esa índole realizado por cualquier otro.
La extraordinaria influencia de los libros de caballerías en su época basta por sí sola para explicar la génesis de la obra. Cierta idea del prodigioso desarrollo de esta rama de la literatura en el siglo XVI puede obtenerse del escrutinio del Capítulo VII, si el lector tiene en cuenta que solo se enumeran una parte de los libros pertenecientes al grupo, con mucho, más numeroso. En cuanto a su efecto sobre la nación, hay abundante evidencia. Desde el momento en que los Amadises y Palmerines comenzaron a ganar popularidad hasta bien entrado el final del siglo, hay un flujo constante de invectivas, por parte de hombres cuyo carácter y posición dan peso a sus palabras, contra los libros de caballerías y el encandilamiento de sus lectores. La burla fue la única escoba capaz de barrer semejante polvo.