diga que no eres un necio, con forro a juego, y no sé qué ribetes de impertinencia y picardía? ¿Quién te metió a ti en mis negocios, ni a inquirir si soy prudente o mentecato? Calla, no me respondas una palabra; ensilla a Rocinante si está desensillado, y vamos a poner por obra mi promesa; que con el derecho que de mi parte tengo, puedes dar por vencidos a todos los que se aventuraren a ponerlo en duda; y con grande enojo, y mostrando la cólera en el semblante, se levantó de la mesa, dejando a los convidados suspensos y dudosos si le tendrían por loco o por cuerdo. En resolución, aunque procuraron disuadirle de que se metiese en semejante desafío, asegurándole que daban por agradecida su buena voluntad y que no eran menester nuevas pruebas para conocer su valeroso pecho, pues las que en la historia de sus hazañas se contaban eran bastantes, con todo eso no prevalecieron con don Quijote, antes porfió en su determinación; y subido en Rocinante, embrazada la adarga y asida la lanza, se salió al medio de un camino real que pasaba no lejos del verde prado. Sancho le siguió sobre su jumento, juntamente con toda la turba de la pastora compañía, deseosos de ver en qué paraba la soberbia y no vista determinación suya.
Don Quijote, pues, habiéndose, como se ha dicho, plantado en la mitad del camino, atronó los aires con palabras semejantes a estas:
«¡Ea, caminantes y pasajeros, caballeros, escuderos, gente de a pie y de a caballo, que por aquí pasáis o habéis de pasar en estos dos próximos días! Sabed que Don Quijote de La Mancha, caballero andante, está aquí puesto para mantener con las armas que las bellezas y cortesía que en las ninfas que destos prados y arboledas habitan se encierran, sobrepasan a todas las del suelo, quitando la señora de mi alma, Dulcinea del Toboso. Y por ende, el que fuere de contrario parecer, parezca, que aquí le espero».