Y así, señora, o señor, o lo que gustéis ser, quitad el miedo que nuestra presencia os ha causado y dadnos a conocer vuestras buenas o malas fortunas, que de todos nosotros juntos, o de cada uno en particular, recibiréis la compasión que vuestra pena
Mientras el cura hablaba, la disfrazada doncella se quedó como encantada, mirándoles sin abrir los labios ni decir palabra, a modo de un villano rústico a quien de repente le muestran alguna cosa extraña que nunca jamás ha visto; pero, acabándole el cura de decir otras tales razones, dando un hondo suspiro, rompió el silencio y dijo:
“Como la soledad de estos montes no ha sido capaz de esconderme, y el desmán de mis cabellos no consiente que mi lengua mienta, por gusto sería fingir yo ahora lo que, si me creyésteis, lo habríais de creer más por cortesía que por otra razón. Y si esto es así, digo que os agradezco, señores, la oferta que me habéis hecho, la cual me obliga a satisfaceros en lo que me pedís; puesto que temo