Unos dellos se volvieron por la barca para traerla a la ciudad, habiéndoles dicho nosotros dónde la habíamos dejado; otros nos tomaron en ancas, y a Zoraida pusieron en el caballo del tío del mancebo. Salió toda la villa a recebirnos, que ya venían sabidas las nuevas de nuestra llegada por uno de los que se habían adelantado. No se admiraban de ver cautivos libres ni moros cautivos, porque la gente de aquella costa está muy acostumbrada a ver los unos y los otros; pero admirábanse de la hermosura de Zoraida, la cual entonces se encarecía, así por el cansancio del camino como por el alegría que tenía de verse ya en tierra de cristianos y fuera de todo peligro de perderse, lo cual le había puesto tanto color en el rostro que, si no me engaña el afecto, osaré decir que no había criatura más hermosa en el mundo, al menos que yo hubiese visto. Fuimos derecho a la iglesia a dar gracias a Dios por las mercedes que habíamos recebido, y en entrando Zoraida en ella, dijo que aquellos rostros eran semejantes al de Lela Marien. Dijímosle que eran sus imágenes; y el renegado, lo mejor que pudo, le dio a entender lo que significaban, para que las adorase como si cada una dellas fuera la mesma Lela Marien que le había hablado; y ella, que tiene gran capacidad y un ingenio claro y agudo, entendió luego todo lo que le dijeron acerca desto. De allí nos sacaron y nos repartieron a todos por diferentes casas de la villa; pero al renegado, a Zoraida y a mí nos llevó el cristiano que con nosotros vino a casa de sus padres, que no les faltaba mucho de los bienes de la fortuna, y con tanto amor como si fuera su propio hijo nos trataron.
Permanecimos seis días en Vélez, al cabo de los cuales el renegado, habiéndose informado de todo lo que le convenía hacer, se partió para la ciudad de Granada para volverse al sagrado gremio de la Iglesia por medio del Santo Oficio. Los demás cautivos libertados se despidieron, cada uno por el camino que mejor le pareció, y Zoraida y yo nos quedamos solos, no teniendo