Doña Rodríguez, volviéndose por fin a sus señores, les dijo: «¿Serán servidas vuestras excelencias de permitirme hablar un momento con este caballero, pues me es necesario para salir con buen fin del negocio en que la osadía de un mal intencionado villano me ha metido?».
El duque dijo que, por su parte, le daba licencia, y que podía hablar con el señor don Quijote todo lo que quisiese.
Ella entonces, volviéndose hacia don Quijote y dirigiéndose a él, dijo:
«Días ha, valeroso caballero, que os di cuenta de la injusticia y alevosía que un labrador ruin tenía hecha a mi carísima hija, la desdichada doncella que aquí está delante, y vos me prometisteis de tomar su️ querella y enderezar el tuerto que se le había hecho; y ahora ha llegado a mis oídos que os queréis ir de este castillo a buscar las venturas que Dios deparare; por tanto, antes que toméis el camino, quisiera que desafiases a ese villano desmandado y le compeláis a que se case con mi hija, en cumplimiento de la palabra que le dio de ser su esposo antes que la cogiese en su cohecho; porque pretender que el señor duque me haga justicia es pedir peras al olmo, por la razón que en secreto di a vuestra merced; y con esto, nuestro Señor os guarde la salud y no nos desampare».
A estas palabras respondió don Quijote con mucha gravedad y soltura: > «Digna dueña, tened lágrimas, o por mejor decir, enjugadlas, y ahorrad vuestros suspiros, que yo tomo sobre mí el desagravio de vuestra hija, a la cual le hubiera estado mejor no haber sido tan ligera en creer promesas de enamorados, que las más dellas son de presto hacer y de muy tarde cumplir; y así, con licencia del señor duque, luego me partiré a buscar este inhumano mancebo, y