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nydus/Don QuixotePublic
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XXIV

oficio, que los criados antiguos me tuvieron envidia, pareciéndoles que las mercedes que el duque me hacía eran agravio de sus cataduras. Pero el que más se holgó de mi venida fue el segundo hijo del duque, llamado don Fernando, mancebo gallardo, noble, liberal y enamorado, el cual en breves días se hizo tan íntimo amigo mío, que todos lo notaban, que, puesto que el mayor me quería y me hacía merced, no llegaba su afabilidad al extremo de don Fernando. Acaeció, pues, que como entre los amigos no hay secreto que no se comunique, y la gracia que yo alcanzaba de don Fernando había pasado a amistad, él me descubrió todos sus pensamientos, y en especial unos amores que le traían algo solícito. Estaba enamorado de una labradora, vasalla de su padre, hija de padres muy ricos, y ella tan hermosa, recata, discreta y honesta, que ninguno que la conocía supo determinar en cuál de estas cosas estaba más aventajada o más excelía. Las perfecciones de la hermosa labradora encendieron la voluntad de don Fernando a tal término, que, por alcanzar su intención y vencer la honestidad della, determinó de dalle palabra de ser su marido, porque por otra vía era imposible salir con su intento. Yo, obligado de su amistad, procuré con los mejores argumentos y más eficaces ejemplos que supe apartarle y dissuadirle de tal propósito; mas, viendo que no aprovechaba nada, determiné de hacérselo saber al duque Ricardo, su padre. Pero don Fernando, que era discreto y sagaz, advirtió y temió esto, y discurrió que, en obligación de buen criado, no estaba obligado a encubrir cosa tan en perjuicio de la honra de mi señor el duque; y así, por desviarme y engañarme, me dijo que no hallaba mejor medio para borrar de su memoria la hermosura que le tenía esclavo que el ausentarse por algunos meses, y que quería que la ausencia fuese con irnos ambos a mi casa, so color de ver y comprar unos caballos finos que había en mi ciudad, que los cría los mejores del mundo. Cuando yo le oí decir esto, aunque él no tuviera tan buena intención, la aprobara por una de las más acertadas que imaginarse pudiera, llevado de mi afición, viendo qué buen lugar y ocasión se me ofrecía para volver a ver a mi Luscinda. Con este pensamiento y deseo alabé su intención y animé su

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