Observad también cómo el emperador se aparta y deja a don Gaiferos furioso; y veis ahora cómo, en un arranque de ira, arroja lejos de sí la mesa y el tablero, y pide con prisa sus armas, y le pide a su primo don Roland que le preste su espada, Durindana, y cómo don Roland no se la quiere prestar, ofreciéndole su compañía en la difícil empresa que emprende; pero él, en su valentía y enojo, no la acepta, y dice que él solo bastará para rescatar a su esposa, aunque estuviese encerrada en lo más profundo del centro de la tierra, y con esto se retira a armarse y a ponerse en camino al instante. Volved ahora, vuestras mercedes, los ojos hacia aquella torre que allí se parece, que se supone ser una de las torres del alcázar de Zaragoza, hoy llamado la Aljafería; aquella señora que en el balcón se parece, vestida a la usanza morisca, es la sin par Melisendra, que muchas veces desde allí solía asomarse a mirar el camino de Francia, y consolar su cautiverio pensando en París y en su esposo. Notad también un nuevo accidente que ahora acontece, tal que, por ventura, jamás se ha visto. ¿No veis aquel moro que callativa y calladamente, el dedo puesto en la boca, se llega por las espaldas de Melisendra? Mirad ahora cómo le imprime un beso en los labios, y la prisa que ella se da a escupir y a limpiárselos con la blanca manga de su camisa, y cómo se entristece y se arranca los hermosos cabellos como si tuvieren la culpa del agravio. Notad también cómo aquel moro grave que está en aquel corredor es el rey Marsilio de Sansueña, el cual, habiendo visto el atrevimiento del moro, luego manda que, aunque sea su pariente y gran privado suyo, le prendan y le den docientos azotes, llevándole por las calles de la ciudad, según costumbre, pregoneros delante y ministros de justicia detrás; y aquí veis cómo salen a ejecutar la sentencia, apenas cometido el delito; porque entre los moros no hay tachas ni recusaciones como entre nosotros.
Aquí dio voces don Quijote, diciendo: —Muchacho, muchacho, seguid adelante con vuestra historia, y no os metáis en curvas ni en sainetes, que para comprobar una verdad con otra menester gran suma de pruebas y confirmaciones.