Y en esto llegaron los escuderos que iban a hacer la presa, trayendo consigo a dos caballeros a caballo, a dos peregrinos a pie y a un coche lleno de mujeres, con otros seis criados a pie y a caballo que las acompañaban, y un par de gañanes que los caballeros traían consigo.
Hicieron los escuderos corro alrededor de ellos, guardando así los vencedores como los vencidos un profundo silencio, esperando lo que el gran Roque Guinart mandase. Preguntó él a los caballeros quiénes eran, a dónde iban y qué dinero llevaban.
—Señor —respondió uno de ellos—, somos dos capitanes de infantería española; nuestras compañías están en Nápoles, y vamos a embarcarnos en cuatro galeras que dicen que están en Barcelona para pasar a Sicilia; y tendremos hasta dos o tres escudos, con los cuales nos tenemos por ricos y contentos, pues la pobreza de soldado no sufre mayor tesoro.
Roque preguntó a los peregrinos las mismas cosas que había preguntado a los capitanes, a las cuales respondieron que iban a embarcarse para Roma, y que entre todos llevarían hasta sesenta reales.
Preguntó también quién iba en el coche, a dónde iban y qué dinero tenían, y uno de los a caballo respondió: «Las personas que van en el coche son la señora doña Guiomar de Quiñones, mujer del regente de la Vicaría de Nápoles, una hija suya, una doncella y una dueña; seis criados somos los que la acompañamos, y el dinero asciende a seiscientos escudos».
—Pues bien —dijo Roque Guinart—, aquí tenemos novecientos escudos y sesenta reales; mis soldados deben de ser unos sesenta; mirad a cuánto toca cada uno, que yo soy mal aritmético.
En cuanto los bandoleros oyeron esto, prorracesieron en gritos de: «¡Viva Roque Guinart, a pesar de los lladres que buscan su perdición!».