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nydus/Don QuixotePublic
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LIV

—Siempre tuve la sospecha de que aquel caballero tenía afición a mi hija —dijo Ricote—; pero, como estaba seguro de la virtud de mi Ricota, no me daba pesadumbre saber que la quería; porque habrás oído decir, Sancho, que las mujeres moriscas pocas veces o nunca se mezclan en amores con los cristianos viejos, y mi hija, que imagino que atendía más a ser cristiana que a enamorarse, no se daría nada por las solicitudes de aquel heredero.

—Dios lo quiera —dijo Sancho—, porque malo quedaría el uno y el otro; pero ahora, amigo Ricote, déjeme ir, que quiero llegar esta noche a donde mi amo don Quijote está.

—Dios sea contigo, hermano Sancho —dijo Ricote—; mis compañeros empiezan a moverse, y ya es hora también de que nosotros sigamos nuestro camino; —y luego los dos se abrazaron, y Sancho subió en su rucio, y Ricote se arrimó a su bordón, y con esto se despidieron.

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