misericordia que el Cielo mostró a España fue querer que se destruyese aquel muladar y oficina de pendencias, aquel devorador, esponja y polilla de innumerables dineros, gastados allí sin fruto, sino para sola la memoria de haberla ganado el invictísimo Carlos V; como si para hacer esta memoria perpetua, que lo es y lo será, fuesen menester aquellas piedras para sustentarla. Cayó asimismo el fuerte; mas hiciéronlo ganar a los turcos palmo a palmo, porque los soldados que le defendieron pelearon tan gallarda y valerosamente, que pasaron de veinticinco mil los enemigos en veintidós asaltos generales que allí murieron. De trescientos que vivos quedaron, ninguno salió sin heridas, señal clara y manifiesta de su esfuerzo y valentía, y de cuán bien se habían defendido y guardado su puesto. Rindióse por partido un fuertecito o torre que en mitad de la laguna estaba, a quien mandaba don Juan Zanoguera, caballero valenciano y famosísimo soldado. Cautivaron a don Pedro Puertocarrero, general de la Goletta, el cual había hecho todo lo que debió para defender su fortaleza, y tomó tan a pecho la pérdida della que murió de pesadumbre en el camino de Constantinopla, adonde lo llevaban cautivo. Cautivaron también al general del fuerte, que se llamaba Gabrio Cerbellon, caballero milanés, gran ingeniero y valentísimo soldado. Perecieron en estas dos fortalezas muchas personas de cuenta, entre las cuales fue Pagano Doria, caballero de la Orden de San Juan, hombre de generísimo pecho, como lo mostró con la estrecha liberalidad que usó con su hermano, el famoso Juan Andrea Doria; y lo que añadió más dolor a su muerte fue haber muerto a manos de unos árabes a quienes, viendo ya perdido el fuerte, se encomendó, los cuales le prometieron de llevarle disfrazado de moro a Tabarca, que es un fuerte o estación en la costa, de genoveses que pescan el coral ocupado. Cortóle la cabeza el árabe y llevársela al capitán de la armada turquesa, el cual cumplió en ellos con el refrán nuestro de Castilla, que dice: «Que aunque la traición agradece, el traidor se aborrece»; porque dicen que mandó ahorcar a los que se la trujeron, porque no se la habían trujado viva.
Entre los cristianos que fueron cautivados en el fuerte había uno llamado don Pedro de Aguilar, natural de no sé qué lugar de Andalucía, el cual