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nydus/Don QuixotePublic
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Capítulo XLIII

Una de las señas que me hacía era juntar una mano con la otra, dándome a entender que se quería casar conmigo; y aunque a mí me holgara que aquello fuera, estando sola y sin madre, no sabía con quién abrir mi pecho, y así lo dejaba estar, sin favorecerle más de que, cuando mi padre y el suyo no estaban en casa, levantar un poco la cortina o la celosía y dejarle ver de todo en todo, de lo cual él mostraba tanto contento, que parecía que se volvía loco. Llegóse en esto el tiempo de la partida de mi padre, el cual él supo, mas no por mí, que nunca le pude dar dello aviso; cayó enfermo, de pesadumbre creo yo, y así, el día que nos íbamos no le pude ver para despedirme dél, aunque no fuera sino con los ojos. Mas, habiendo dos días que íbamos de camino, al entrar en un mesón de un lugar que dista un día de aquí, le vi a la puerta del mesón en hábito de arriero, y tan al vivo transformado, que si yo no tuviera su imagen en el alma grajada, me fuera imposible el conocerle. Mas yo le conocí, y quedé admirada y alegre; él me mira, sin ser visto de mi padre, de quien siempre se encubre cuando sale a mi camino, o en los mesones donde posamos; y como yo le conozco, y considero que por amor mío hace a pie este camino con tanto trabajo, me voy muriendo de pesar, y donde él pone los pies, allí pongo yo los ojos. No sé a qué fin viene, ni cómo se ha podido huir de su padre, que le quiere sin medida, por no tener otro heredero, y por lo que él lo merece, como lo veréis cuando le veáis. Y más os sé decir, que todo lo que canta lo compone de su cabeza; porque he oído decir que es gran estudiante y poeta; y, sobre todo, que cada vez que le veo, o le oigo cantar, tiemblo de pies a cabeza, y tengo un gran miedo de que mi padre le conozca y venga a saber de nuestros amores. Jamás le he hablado palabra en toda mi vida; y con todo esto le quiero de suerte que podré vivir sin él.

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