En el que se relatan mil menudencias, tan triviales como necesarias para el cabal entendimiento de esta gran historia.
El que tradujo esta gran historia del original que escribió su primer autor, Cide Hamete Benengeli, dice que, llegando al capítulo de la aventura de la cueva de Montesinos, en los márgenes dél estaba escrito de mano del mismo Hamete estas mismas letras:
«No me puedo persuadir ni creer que todo lo que en el capítulo precedente se cuenta le pasase al valeroso don Quijote puntualmente; y la razón es porque todas las aventuras dichas hasta agora han sido posibles y verisímiles; pero en esta de la cueva no hallo camino para tenerla por verdadera, por pasar tan adelante de los términos de la razón. Tener por mentira que don Quijote mintiese, siendo el más hidalgo varón y el más noble caballero de sus tiempos, no es posible; que no dijera una mentira aunque le acribillasen a flechas. Por otra parte, considero que él la contó y refirió con todas las circunstancias dichas, y que no pudo tejery componer en tan breve espacio tan gran máquina de disparates; y si, pues, esta aventura parece apócrifa, no es mía la culpa; y así, sin afirmarla por falsa ni por verdadera, la escribo. Tú, lector, pues eres prudente, juzga lo que te pareciere, que yo no debo ni puedo más; puesto que se tiene por cierto que al fin de su fin y muerte se desdijo della, y dijo que la había inventado, por parecerle que convenía y cuadraba con las aventuras que había leído en sus historias».
Y luego prosigue diciendo:
El primo estaba tan asombrado de la osadía de Sancho como de la paciencia de su amo, y sacó en conclusión que la mansedumbre que el mismo mostraba nacía del contento que tenía de haber visto a su señora