«Si Alejandro el Grande cortó el nudo gordiano, diciendo: “Tanto monta cortar como desatar”, y no por eso dejó de ser señor de toda el Asia, ni más ni menos podría suceder ahora en el desencanto de Dulcinea si yo azoto a Sancho contra su voluntad; porque si la condición del remedio es que Sancho reciba tres mil y tantos azotes, ¿qué importa que los reciba él por su mano o por la ajena, pues lo sustancial está en que los reciba, vengan de donde
Con esta idea se fue hacia Sancho, habiendo tomado primero las riendas de Rocinante y habiéndolas dispuesto de modo que con ellas le pudiese azotar, y comenzó a desatar las calzas (la opinión común es que no tenía sino la delantera) que el braguetazo sostenía; pero al instante que se le acercó, Sancho despertó en todo su juicio y dio voces, diciendo: «¿Qué es esto? ¿Quién me toca y me desaguija?».
—Yo soy —respondió don Quijote—, el que viene a remendar tus faltas y a aliviar mis miserias; yo vengo a azotarte, Sancho, y a desagraviar parte de la deuda que has tomado sobre ti. Dulcinea se perece, tú estás viviendo con descuido, yo me muero de desearlo; y así, descúbrete de buena gana, que mi voluntad es darte aquí, en este despoblado, al menos dos mil azotes.
—Nada de eso —dijo Sancho—; quiérese vuestra merced estar quedo, que, ¡voto a Dios!, que nos oigan los sordos; los azotes que tengo de dar han de ser voluntarios, y no forzosos, y por ahora no tengo gana de azotarme; bástame dar mi palabra de castigarme y reprenderne en teniendo gana.
—No basta dejarlo a tu cortesía, Sancho —dijo don Quijote—, porque tú eres de duro corazón y, aunque villano, tierno de carnes; y al mismo tiempo se esforzó y forcejó por desatarlo.