serán sus escritos. Y cuando los reyes y príncipes ven la milagrosa ciencia de la poesía en sujetos prudentes, virtuosos y graves, los honran, los estiman y los encumbran, y aun los coronan con las hojas de aquel árbol de quien nunca es herido el rayo, como mostrando que no han de ser ofendidos de nadie aquellos cuyas frentes tales coronas honran y adornan.
El del verde gabán estaba lleno de asombro con el razonamiento de don Quijote, tanto que comenzó a abandonar la idea que se había hecho de que estaba loco.
Pero en la mitad de la plática, como no era muy de su gusto, Sancho se había apartado del camino para pedir un poco de leche a unos pastores que estaban ordeñando sus ovejas allí cerca; y justo cuando el hidalgo, muy complacido, iba a renovar la plática, don Quijote, alzando la cabeza, vio que por el camino por donde iban venía un carro cubierto de banderas reales; y persuadido de que aquello debía de ser alguna nueva aventura, llamó a grandes voces a Sancho para que viniese y le trajese su celada.
Sancho, en oyendo que le llamaban, dejó a los pastores, y picando a su pollino con fuerza, llegó junto a su señor, a quien le sucedió una espantosa y desesperada aventura.