frescos en mis costillas.
—Guarda silencio, Sancho —dijo don Quijote—, y no interrumpas al bachiller, a quien ruego que prosiga y cuente todo lo que de mí se dice en esta historia.
—Y de mí —dijo Sancho—, que dicen también que soy uno de los principales personajes dellas.
—Personajes, no presonajes, amigo Sancho —dijo Sansón.
—¡Cómo! ¡Otro buscador de palabras! —dijo Sancho—; si ha de ser de ese modo, no acabaremos en toda la vida.
—¡Que Dios me acorte la mía, Sancho —replicó el bachiller—, si no sois el segundo personaje de la historia, y aun no faltan algunos que os querrán oír hablar antes que al más pintado de todo el libro; aunque hay también algunos que dicen que fuisteis demasiado crédulo en creer que había posibilidad en el gobierno de aquella ínsula que os ofreció el señor don Quijote!
—Aún queda sol en la pared —dijo don Quijote—; y cuando Sancho sea algo más adelantado en la edad, con la experiencia que los años traen, será más hábil y más capaz de ser gobernador que lo es ahora.
—¡Voto a bríos, señor —dijo Sancho—, que la ínsula que no pudiere gobernar con los años que tengo, no la sabré gobernar con los de Matusalén; el daño está en que se atusa la tal ínsula por ahí, no sé dónde, y no en que me falte a mí cabeza para regirla!
—Déjalo en manos de Dios, Sancho —dijo don Quijote—, que todo se hará, y quizá mejor de lo que piensas; que no se mueve la hoja en el árbol sin la voluntad de Dios.