en sus promesas y en sus dádivas, toda su alma, y por ella y por sus buenas partes conocisteis cuán digno era de ser amado vuestro. Y siendo esto así, no os turban la imaginación esos escrupulosos y melindrosos pensamientos, antes creed que Lotario os estima a vos como vos a él, y vivid segura y contenta de que, pues habéis caído en el lazo del amor, es de un hombre valeroso y estimado el que os ha prendido, y que tiene no solamente las cuatro eses que dicen que han de tener los buenos enamorados, sino todo el abecedario entero; si no, escuchadme y veréis cómo le sé de coro. Él es, a mi parecer y ver, Amable, Bueno, Cortes, Digno, Elegante, Fino, Gallardo, Honrado, Ilustres, Leal, Mozo, Noble, Ordinario, Principal, Querido, Rico, Sordo, Tierno, Verdadero; la X no le cuadra, porque es letra áspera; la Y ya está dicha; y la Z, Zeloso de vuestra honra.
Camila se rio del abecedario de su criada, y la notó más experta en cosas de amores de lo que ella decía, lo cual confesó, declarando a Camila que tenía tratos amorosos con un mancebo de buena sangre de la misma ciudad. A Camila le dio pesadumbre esto, temiendo no le fuese ocasión de poner en peligro su honor, y le preguntó si sus intelligentias habían pasado de las palabras, y ella, con poco vergüenza y mucha desenvoltura, le dijo que sí; porque es cosa cierta que las desenvolturas de las señoras hacen a las criadas desvergonzadas, las cuales, en viendo que sus amas hacen pie falso, no se les da nada de darlo ellas, ni de que se sepa. Todo lo que Camila pudo hacer fue rogar a Leonela que no dijese nada de sus negociaciones a aquel a quien llamaba su galán, y que ella condujese sus cosas con secreto, porque no viniesen a noticia de Anselmo ni de Lotario. Leonela dijo que lo haría, pero guardó la palabra de modo que confirmó el temor que Camila tenía de perder la fama por su medio; porque esta desvergonzada y atrevida Leonela, en cuanto vio que el parecer de su señora no era el que solía, tuvo atrevimiento para introducir su galán en casa, segura de que, aunque su señora le viese, no osaría descubrirle; porque entre otros daños que traen consigo los pecados de las señoras, es