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nydus/Don QuixotePublic
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XX

—No tengo en qué echarlos —dijo Sancho.

—Pues bien —dijo el cocinero—, tome cuchara y todo; que las riquezas y la felicidad de Camacho proveen de todo.

Mientras Sancho lo pasaba de este modo, don Quijote estaba atento a la entrada, por un cabo de la ramada, de hasta doce labradores, todos vestidos de fiesta y de gala, montados en doce hermosas yeguas, con ricos y vistosos aderezos de campo y gran número de cascabeles atados a los petrales, los cuales, puestos en orden, corrieron no una sino muchas veces por el prado, con alegres voces y gritos de: «¡Viva Camacho y Quiteria!, él tan rico como ella hermosa, y ella la más hermosa de la tierra».

Oyendo esto, don Quijote se dijo a sí mismo: —Bien se echa de ver que esta gente nunca ha visto a mi Dulcinea del Toboso; que si la vieran, más moderados fueran en las alabanzas desta su Quiteria.

Poco después de esto empezaron a entrar por diversas partes de la galería varios zambras y coros de danzantes, y entre ellos uno de danzas de espadas, compuesto de hasta veinticuatro zagales de gallardo y bizarro tenido, todos vestidos de blanquísimo y finísimo lienzo, y con pañuelos bordados de varias colores de seda fina; y uno de los sobre las yeguas preguntó a un mancebo sagaz que los guiaba si alguno de los danzantes se había herido. > —Hasta ahora, gracias a Dios, no se ha herido nadie —respondió él—; todos estamos sanos y salvos; —y luego comenzó a entrelazarse con los demás compañeros, dando tantas bueltas y con tanta destreza, que, aunque don Quijote estaba acostumbrado a ver semejantes danzas, le pareció que jamás había visto ninguna tan buena como

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