El ventero respondió que con la muchedumbre de gente que en la venta había, no había advertido en la persona que buscaban; mas uno dellos, viendo el coche en que el Oidor había venido, dijo: —Sin duda dél está aquí, pues este es el coche que viene siguiendo: quédese uno de nosotros a la puerta, y entren los demás a buscarle; y aun no sería malo que uno rodeara la venta, porque no se escape por las tapias del corral. —Así se hará —respondió otro; y, metiéndose dos dellos en la venta, quedóse el uno a la puerta y el otro dio la vuelta al corral; viendo todo lo cual el ventero, no podía adivinar a qué fin hacían aquellas diligencias, aunque entendió que buscaban al mancebo cuyas señas le habían dado.
Para entonces ya era de día claro; y por esta causa, y por la algazara que don Quijote había hecho, todos se habían despertado y levantado, especialmente doña Clara y Dorotea; porque aquella noche apenas habían podido dormir, la una por la zozobra que le causaba tener tan cerca a su amante, y la otra por el deseo de verle.
Don Quijote, como vio que ninguno de los cuatro caminantes hacía caso de él ni respondía a sus razones, se iba muriendo de desdén y de rabia; y si él hubiera considerado que las leyes de la caballería le permitían acometer otra empresa, habiendo dado su palabra y fe de no entrometerse en ninguna hasta poner a salvo la de su reino prometido, arremetiera contra todos y los obligara a responder a la fuerza.
Pero, considerando que no le convenía ni era justo empezar nueva aventura hasta dejar a Micomicona en su reino, se hubo de callar y aguardar mansamente a ver en qué paraban las diligencias de aquellos viajeros; uno de los cuales halló al mancebo que buscaban durmiendo junto a un arriero, sin acordarse de que nadie le buscaba, ni mucho menos de que le habían de hallar.
El hombre lo agarró del brazo, diciéndole: —Bien os sienta, en verdad, señor don Luis, estar con el vestido que lleváis, y bien se aviene la cama en que os hallo con la molicie en que vuestra madre os crió.