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nydus/Don QuixotePublic
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XLIV. En el cual se prosiguen las nunca oídas aventuras de la venta

El ventero respondió que con la muchedumbre de gente que en la venta había, no había advertido en la persona que buscaban; mas uno dellos, viendo el coche en que el Oidor había venido, dijo: —Sin duda dél está aquí, pues este es el coche que viene siguiendo: quédese uno de nosotros a la puerta, y entren los demás a buscarle; y aun no sería malo que uno rodeara la venta, porque no se escape por las tapias del corral. —Así se hará —respondió otro; y, metiéndose dos dellos en la venta, quedóse el uno a la puerta y el otro dio la vuelta al corral; viendo todo lo cual el ventero, no podía adivinar a qué fin hacían aquellas diligencias, aunque entendió que buscaban al mancebo cuyas señas le habían dado.

Para entonces ya era de día claro; y por esta causa, y por la algazara que don Quijote había hecho, todos se habían despertado y levantado, especialmente doña Clara y Dorotea; porque aquella noche apenas habían podido dormir, la una por la zozobra que le causaba tener tan cerca a su amante, y la otra por el deseo de verle.

Don Quijote, como vio que ninguno de los cuatro caminantes hacía caso de él ni respondía a sus razones, se iba muriendo de desdén y de rabia; y si él hubiera considerado que las leyes de la caballería le permitían acometer otra empresa, habiendo dado su palabra y fe de no entrometerse en ninguna hasta poner a salvo la de su reino prometido, arremetiera contra todos y los obligara a responder a la fuerza.

Pero, considerando que no le convenía ni era justo empezar nueva aventura hasta dejar a Micomicona en su reino, se hubo de callar y aguardar mansamente a ver en qué paraban las diligencias de aquellos viajeros; uno de los cuales halló al mancebo que buscaban durmiendo junto a un arriero, sin acordarse de que nadie le buscaba, ni mucho menos de que le habían de hallar.

El hombre lo agarró del brazo, diciéndole: —Bien os sienta, en verdad, señor don Luis, estar con el vestido que lleváis, y bien se aviene la cama en que os hallo con la molicie en que vuestra madre os crió.

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