Todo esto digo, ama, para que veáis la diferencia que hay de los unos caballeros a los otros; y fuera razón que no hubiera príncipe que no estimara en más a este segundo, o, por mejor decir, primero género de caballeros andantes, que, como se lee en sus historias, ha habido algunos dellos que han sido salud, no solamente de un reino, sino de muchos.
—¡Ah, señor —exclamó aquí la sobrina—, que todo eso que Vuesa Merced dice de andantes caballeros es fábula y mentira, y sus historias, si ya no estuviesen quemadas, merecían, cada una dellas, que se les pusiese un sanbenito, o alguna señal por donde fuesen conocidas por infames y corrompedoras de las buenas costumbres!
—¡Por el Dios que me da la vida —dijo don Quijote—, que si no me fueras sobrina carnal, por ser hija de mi misma hermana, que te había de dar un castigo por la blasfemia que has dicho, de quien sonara todo el mundo!
¡Cómo! ¿Que se atreve una doncella rapaza que apenas sabe manejar una docena de palillos de mundillo a mover la lengua y a criticar las historias de los caballeros andantes? ¿Qué diría el señor Amadís si oyera tal cosa? Mas él, sin duda, te perdonara, porque fue el más caballero manso y cortesano de su tiempo, y el mayor amparador de doncellas que hubo; pero ¡válgame el cielo! otros hay que te hubieran oído, y no te fuera a ti bien en ello; porque no todos son cortesanos ni bien medidos, sino desalmados bellacos; ni todos los que se llaman caballeros lo son en todas partes: unos son de oro, otros de oropel, y todos parecen caballeros, mas no todos podrán pasar por la piedra de toque de la verdad.
Hombres hay de baja suerte que se fatigan hasta reventar por parecer caballeros, y altos caballeros que, a lo que se parece, se mueren por parecer hombres de baja suerte; aquéllos se levantan con la ambición o con sus virtudes, éstos se abajan con su flojedad o con sus vicios; y menester es el juicio y la discreción para conocer estas dos suertes de caballeros, tan iguales en el nombre y tan diferenciosos en las obras!