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สารบัญ

I

pena de pagar la multa que se le imponga.

—¿Y quién ha de ser el fiador de vuestra merced, señor cura? —dijo don Quijote.

—Mi profesión —respondió el vicario—, que es la de guardar secretos.

“¡Cuerpo de mí! —dijo a esta sazón don Quijote—, ¿qué más ha de hacer su majestad que mandar pregonar por todas las plazas de sus reinos que se citen para un día determinado en la corte todos los caballeros andantes que andan por España, que aunque no viniesen sino hasta media dozenas, bastaría una sola dellas para deshacer todo el poder del Turco?

Atendedme y seguidme: ¿por ventura es nueva cosa vencer un solo caballero andante a un gran ejército de doscientos mil hombres, como si todos juntos tuvieran una sola garganta o fueran de pasta de alfeñique? Si no, decidme, ¿cuántas historias están llenas de estas maravillas?

¡Mire si (mal me auro: no lo digo por mí, que en mal hora lo sea) el famoso don Belianís viviera ahora, o cualquiera del innumerable linaje de Amadís de Gaula! Si cualquiera de estos viviera hoy día, y se viniese con el Turco a las manos, ¡por mi fe que no diera yo mucho por los andurriales del Turco!

Mas Dios tendrá consideración con su pueblo, y deparará alguno que, si no tan valiente como los caballeros andantes pasados, a lo menos no se le deshará en bríos; Dios me entiende, y no digo más.”

—¡Válgame Dios! —exclamó a esto la sobrina—; ¿que tal que se quiere otra vez mi señor volver caballero andante? A lo cual respondió Don Quixote: —Caballero andante he de morir, y baje o suba el turco cuando quisiera, y con las mayores fuerzas que pudiere, otra vez digo que Dios me entiende. A esto respondió el barbero: —Suplico a vuestras mercedes me den licencia para contar un breve cuento que sucedió en Sevilla, el cual, por

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