de la traza—, mejor os cuadran a vos que a mí; porque, ¡voto a tal!, que podéis dar dos rebuznos de ventaja al mejor y más acabado rebuznador del mundo; que el tono que tenéis es hondo, la voz bien tenida en el tiempo y compás, y los puntos acaban espesos y menudos; en resolución, yo me confieso vencido y os cedo la palma y doy el vitoria desta rara habilidad. —Pues yo —dijo el dueño— me tendré en más de aquí adelante, y pensaré que sé algo, pues tengo gracia de valer; que aunque siempre pensé que rebuznaba bien, nunca pensé que llegaba al extremo de perfección que decís. —También digo —replicó el segundo— que hay gracias perdidas en el mundo, y que mal empleadas están en aquellos que no saben dello. —Las nuestras —dijo el dueño del asno—, si no es para casos como el presente que traemos entre manos, no nos pueden servir de nada, y aun en este quiera Dios que nos aprovechen. Con esto se apartaron, y tornaron a su rebuznar; mas a cada paso se engañaban, y volvían a encontrarse, hasta que por contraseña, para conocer que eran ellos y no el asno, concertaron que habían de dar dos rebuznos, uno tras otro. Con este aumento de doblar los rebuznos a cada paso, dieron toda la vuelta a la selva, sin que el asno perdido les respondiese ni diese señal ninguna. ¿Cómo le había de responder el pobre y malaventurado animal, si le hallaron en lo más espeso de la selva comido de lobos? En viéndole, dijo su dueño: —Yo me maravillaba de que no respondía, porque si no estuviera muerto, él rebuznara en oyéndonos, o no fuera asno; pero a trueco de haberos oído rebuznar con tanta gracia, compadre, doy por bien empleada la pena que he tomado en buscarle, aunque le he hallado muerto. —En buenas manos está, compadre —respondió el otro—; si el abad canta bien, no le va en zaga el monaguillo. Con esto se volvieron desconsolados y roncos a su aldea, donde contaron a sus amigos, vecinos y conocidos lo que les había sucedido en la busca del asno, alabando el uno al otro la extremidad de su rebuzno. Supose todo el cuento y esparcióse por los lugares circunvecinos; y el diablo, que nunca duerme, solícito de sembrar y esparcir pendencias y discordias por todo, levantando risas en el viento y
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