eran lana, al tacto parecían de guijarros por la dureza, dos sábanas de cuero de adarga y una frazada cuyos hilos, si quisiera contarlos alguno, no se perdiera uno solo en la cuenta.
En este maldito lecho se estiró don Quijote, y la ventera y su hija le cubrieron luego de emplastos de la cabeza a los pies, mientras Maritornes —que tal se llamaba la asturiana— les alumbraba; y, al emplastarle, reparando la ventera en lo amoratado que don Quijote tenía algunas partes, dijo que aquello más parecía golpes que caída.
No fueron golpes, dijo Sancho, sino que la roca tenía muchos picos y salientes, y que cada uno de ellos le había dejado su marca.
«Válgame, señora —añadió—, haga de modo que le sobre algo de estopa, que no faltará quien la use, pues a mí también me duelen un tanto los lomos».
—Entonces usted también debe de haber