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nydus/Don QuixotePublic
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XXII. De la libertad que dio Don Quixote a muchos desdichados que mal de su grado los llevaban donde no

que con grandísima sosiego los aguardaba; y sin duda lo pasara mal si los galeotes, viendo la ocasión que se les ofrecía de cobrar la libertad, no la procuraran granjear rompiendo la cadena donde iban asidos. Fue la refriega tan revuelta, que los guardianes, ora corriendo a impedir que los galeotes se desataran, ora acometiendo a don Quijote, que los aguardaba, no hicieron cosa que fuese de provecho. Sancho, por su parte, ayudó a soltar a Ginés de Pasamonte, el cual fue el primero que saltó al campo libre y desasosegado, y, arremetiendo al comisario caíto, le quitó la espada y la escopeta, con la cual, apuntando al uno y señalando al otro, sin jamás dispararla, puso en corrida a todos los del apellido, porque no huían tanto de la escopeta de Pasamonte cuanto de las piedras que los ya libres galeotes les llovían. A Sancho le pesó mucho del caso, porque se imaginaba que los que habían huido habían de dar noticia del caso a la Santa Hermandad, la cual a una voz de campana saldría a buscar los delincuentes; y díjosele a su amo, y le aconsejó que se fuesen de allí luego, y se metiesen a encubrir en la sierra que estaba cerca.

—Todo eso está muy bien —dijo don Quijote—, pero yo sé lo que ahora se ha de hacer; —y llamando a todos los galeotes, que ya se alborotaban y habían despojado al comisario en pelota, los juntó a su alrededor para que le oyesen lo que decir les quería, y así les habló: > «De bien nacidos es ser agradecidos, y el pecado que más a Dios ofende es la ingratitud; dígo-lo porque, señores, ya habéis visto por de contado el beneficio que de mí habéis recibido; en pago del cual quiero, y es mi voluntad, que, cargados con esa cadena que quité de vuestros cuellos, luego os pongáis en camino y vayáis a la ciudad del Toboso, y allí os presentéis ante la señora Dulcinea

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