hombres, criados y amestados a tal obra casi desde que estaban en los pañales. ¡Válgame Dios, que por escoger males, antes es ser caballero andante que pastor! Mire, señor, créame a mí —y no se lo digo harto de pan ni de vino, sino en ayunas, y con cincuenta años de edad que tengo sobre la cabeza—: quédese en su casa, atienda a su hacienda, confiese a menudo, acuda a los pobres, y sobre mi alma si algún mal le viniere.
—Guardad silencio, hijas mías —dijo don Quijote—; bien sé lo que me toca; ayudadme a acostar, que no me siento muy bueno; y tened por cierto que, caballero andante ahora o pastor zagal que fuere, nunca jamás dejaré de tener cuenta con vuestras provechosas comodidades, como lo veréis al cabo.
Y las buenas mozas (que sin duda lo eran), el ama y la sobrina, le ayudaron a acostar, y le dieron de comer, y le regalaron lo mejor que pudieron.