sería vano negar que el ingrediente que, más que su humor, o su sabiduría, o la fecundidad de invención o el conocimiento de la naturaleza humana que despliega, le ha asegurado su éxito entre la multitud es la veta de farsa que lo atraviesa. Fue el ataque a las ovejas, la batalla con los odres, el yelmo de Mambrino, el bálsamo de Fierabrás, don Quijote derribado por las aspas del molino de viento, Sancho manteado, los percances y desdichas del amo y del criado, lo que originalmente constituyó el gran atractivo, y tal vez lo siga siendo en cierta medida para la mayoría de los lectores. Es evidente que al principio, y de hecho en España durante mucho tiempo, don Quijote fue considerado poco más que un libro extravagante y jocoso, lleno de incidentes risibles y situaciones absurdas, muy divertido, pero que no merecía mucha consideración ni cuidado. Todas las ediciones impresas en España desde 1637 hasta 1771, cuando el famoso impresor Ibarra se hizo cargo de él, fueron meras ediciones comerciales, mal e irreflexivamente impresas en papel vil y presentadas al estilo de pliegos de cordel destinados únicamente al uso popular, con ilustraciones toscas en la mayoría de los casos y añadidos efectistas por parte del editor.
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Sobre Cervantes y Don Quijote
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