“El caso es —prosiguió Sancho— que, como vuestra merced sabe mejor que yo, todos estamos sujetos a la muerte, y hoy somos y mañana no somos, y el cordero se va tan presto como la oveja, y nadie puede prometerse más horas de vida en este mundo de las que Dios fuere servido de darle; porque la muerte es sorda, y en llegando a llamar a las puertas de nuestra vida, siempre es deprisa, y no la retienen ruegos, ni fuerzas, ni cetros, ni mitras, según voz común y fama, y según nos lo dizen por los días de Dios desde los púlpitos”.
—Todo eso es muy verdad —dijo don Quijote—; pero no alcanzo a ver a dónde quieres ir a parar.
—Lo que quiero decir —dijo Sancho— es que vuestra merced me señale un salario conocido, que se me ha de pagar cada mes por el tiempo que le sirviere, y que los mesmos dineros se me paguen