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nydus/Don QuixotePublic
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XVII

postura y que le era imposible excusarse de soltar al macho sin incurrir en la enemistad del arrojado y atrevido caballero, abrió de par en par las puertas de la primera jaula, donde estaba, como se ha dicho, el león, el cual pareció ser de grande tamaño y de huraña y espantosa catadura. Lo primero que hizo fue volverse en la jaula en que yacía, y sacar las garras, y estirarse todo; abrió luego la boca y bostezó muy despacio, y con casi dos palmos de lengua que sacó fuera, se despolvó los ojos y se lavó la cara; hecho esto, sacó la cabeza fuera de la jaula y miró a todas partes con unos ojos que parecían ascuas de carbón, espectagro y donaire para poner pánico en la misma temeridad. Don Quijote le miraba con atención, deseando que saltase del carro y se viniese a las manos con él, en las cuales pensaba hacer picadillo.

Hasta ahí llegó la sin par locura de don Quijote; pero el generoso león, más comedido que arrogante, no haciendo caso de necedades ni bravatas, después de haber mirado a una y otra parte, como se ha dicho, volvió las espaldas y le enderezó los traseros a don Quijote, y con gran remilgo y tranquilidad se volvió a echar en la jaula.

Visto lo cual por don Quijote, mandó al ventero que le diese de palos y le provocase para hacerle salir.

—Eso no lo haré yo —dijo el leonero—, porque si le enojo, el primero en quien ha de cebarse es en mí. Quédese vuestra merced, señor caballero, con lo hecho, que no hay más que decir en esto del valor, ni quiera tentar segunda vez a la fortuna.

Abierta tiene el león la puerta; él puede salir o no salir; pero pues no ha salido hasta ahora, no saldrá en todo el día.

El gran valor de vuestra merced ya está bien manifestado; a ningún valiente caballero, a lo que a mí se me alcanza, se le obliga a más de desafiar a su enemigo y esperarle en el campo; si su contrario no acude, dél es la infamia, y el que le espera se lleva la corona de la victoria.

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