parte de pésame, en parte política, y a su regreso a Roma, que fue algo bruscamente expedito por el rey, se llevó a Cervantes consigo en calidad de camarero, el cargo que él mismo desempeñaba en la casa del Papa. El puesto sin duda habría conducido al ascenso en la Corte papal de haberlo conservado Cervantes, pero en el verano de 1570 lo renunció y se alistó como soldado raso en la compañía del capitán Diego Urbina, perteneciente al regimiento de don Miguel de Moncada, pero que por entonces formaba parte de las fuerzas al mando de Marco Antonio Colonna.
Qué le impulsó a dar este paso no lo sabemos, si fue el desagrado por la carrera que tenía por delante, o puramente el entusiasmo militar.
Bien pudo ser lo segundo, pues eran tiempos agitados; los acontecimientos, sin embargo, que llevaron a la alianza entre España, Venecia y el Papa, contra el enemigo común, la Puerta, y a la victoria de las flotas combinadas en Lepanto, pertenecen más a la historia de Europa que a la vida de Cervantes.