parecía) que sin pensarlo se ofreció a sus ojos; porque por la cumbre de la peña donde se cavaba la sepultura apareció la pastora Marcela, tan hermosa, que su hermosura excedía a su fama. Aquellos que hasta entonces jamás la habían visto la miraban con admiración y silencio, y los que solían verla no quedaron menos suspensos que los que nunca la habían visto. Pero en el mesmo instante que Ambrosio la vio, cargado de manifiestas iras, le dijo:
—¿Vienes por ventura, cruel basilisco de estas breñas, a ver si con tu presencia brota sangre de las heridas de este desdichado a quien tu crueldad quitó la vida, o vienes a ufanarte en las crueldades de tus entrañas, o a ver, desde esa altura, como otro despiadado Nerón, el incendio de su Roma ardiendo, o ya a hollar con arrogancia este desventurado cadáver, como la ingrata hija a su padre Tarquino? Dime presto a lo que vienes, o lo que deseas, que yo, sabiendo que los pensamientos de Crisóstomo jamás te dejaron de obedecer en vida, haré que le obedezcan cuantos se precian de ser sus