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nydus/Don QuixotePublic
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LXX

con cuellos postizos guarnecidos de randas flamencas, y puños de lo mismo que les servían de vueltas, descubriendo cuatro dedos de brazo para hacer las manos mayores; tenían en las manos palas de fuego; mas lo que más me admiró fue que me servían de pelotas unos libros, al parecer llenos de viento y morralla, cosa nueva y extraña; pero esto no me admiró tanto como ver que, siendo costumbre en los que juegan que los ganadores se alegren y los perdedores se entristezcan, allí en aquel juego todos gruñían, todos reñían y todos se maldecían los unos a los otros.

—Eso no es de extrañar —dijo Sancho—, pues los diablos, jueguen o no jueguen, nunca pueden estar contentos, ganen o pierdan.

—Es muy probable —dijo Altisidora—; pero otra cosa me admira también, y es que me admiró entonces, y fue que ninguna pelota duró el primer tiento, ni sirvió la segunda vez; y era una maravilla la gran greña y máquina de libros que por allí andaban, así nuevos como viejos.

A uno dellos, flamante y bien encuadernado, le dieron un repeluznó tal, que le sacaron las tripas y desparramaron los hojas.

«Mirad qué libro es ése —dijo un diablo a otro—, y respondió el otro:—Es la Segunda parte de la historia de Don Quixote de la Mancha, no por Cide Hamete, autor primero, sino por un aragonés que él mismo dice ser natural de Tordesillas».

«Llevadmele de ahí —dijo el primero—, y metedle en los abismos del infierno, que no le vea los ojos».

«¿Tan malo es? —respondió el otro».

«Tan malo es —replicó el primero—, que si a propósito yo le diera en componer para hacerle peor, no pudiera».

Pasaron adelante con su juego, dando rejonazos a otros libros; y yo, habiendo oído nombrar a don Quixote, a quien amo y adoro tanto, tomé memoria de esta visión.

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