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nydus/Don QuixotePublic
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I

hecho en volverle de bestia en hombre. En fin, habló de manera que puso al gobernador en sospecha, y a sus parientes hizo parecer codiciosos y desalmados, y a sí tal cuerdo que el capellán determinó llevarle consigo para que el arzobispo viese y averiguase por vista de ojos la verdad de aquel negocio. Movido a esta creencia, el buen capellán rogó al gobernador que le mandase dar la ropa con que el licenciado había entrado en la casa. El gobernador le volvió a decir que mirase lo que hacía, que no era otra cosa sino estar el licenciado loco de atar; mas todas las advertencias y avisos no bastaron a disuadir al capellán de que se lo llevase. El gobernador, viendo que era orden del arzobispo, obedeció, y vistieron al licenciado de sus vestidos mismos, que eran nuevos y decentes. Él, en viéndose vestido de cuerdo y quitada la estatua de loco, suplicó al capellán que por caridad le dejase ir a despedirse de sus compañeros los locos. El capellán le dijo que él iría con él a ver los locos que había en la casa; y así subieron arriba, y con ellos algunos que se hallaron presentes. Llegándose a una jaula donde estaba un loco furioso, aunque a la sazón sosegado y tranquilo, el licenciado le dijo: ‘Hermano, mirad si me mandáis algo, que yo me voy a mi casa, que ya Dios nuestro Señor, por su infinita bondad y misericordia, sin merecimiento mío, ha querido volverme el juicio. Ya estoy sano y cuerdo, que para con el poder de Dios no hay imposible. Tened gran esperanza y confianza en él, pues así como a mí me ha vuelto a mi primer estado, así os volverá a vos si en él confiáis. Yo os llevaré de comer algunas cosillas buenas; y comedlas, por vida vuestra; porque os hago saber que imagino, como persona que ha pasado por ello, que todos estos nuestros desvaríos proceden de tener el estómago vacío y los cascos llenos de viento. ¡Confortaos, confortaos!, que la desconfianza en las desgracias acorta la salud y acude con la muerte’.”

“A todas estas palabras del licenciado escuchaba otro loco, que estaba en una jaula frontera de la del furioso; y levantándose de una estera vieja donde estaba tendido, casi en cueros tostones, preguntó con alta voz que quién era aquel que se iba sano y en su juicio. El licenciado le respondió:

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