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nydus/Don QuixotePublic
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LV

De este modo y con estas reflexiones le pareció a él que había andado poco más de media legua, cuando al fin divisó una luz tenue que parecía luz del día y entraba por un lado, mostrando que aquel camino, que a él se le figuraba el camino del otro mundo, conducía a alguna abertura.

Aquí deja Cide Hamete a don Quixote, y vuelve a don Quixote, el cual, con alborozo y contento, iba aguardando el día señalado para la batalla que había de acabar con el que a la hija de doña Rodríguez le había robado la honra, de quien esperaba vengar el agravio y sinrazón que tan malamente le habían hecho.

Sucedió, pues, que saliendo una mañana a ensayarse y ejercitarse en lo que había de hacer en el reencuentro que el día siguiente esperaba tener, haciendo dar a Rocinante unas bueltas o apretándole a la carga, llegó con los pies tan cerca de una sima, que a no reponerle con fuerza, fuera imposible escaparse de caer en ella.

Tiró dél, con todo eso, sin caer, y llegándose un poco más cerca, miró la hondura sin descalzarse; pero estando della mirando, oyó grandes voces que della salían, y escuchando con atención, pudo entender que el que las dadas decía: —¡Oh de arriba! ¿Hay algún cristiano que me oiga, o algún caballero caritativo que se apiade de un pecador enterrado en vida, de un desgobernado gobernador?

A don Quijote le pareció que era la voz de Sancho Panza la que oía, por lo cual quedó desconcertado y admirado, y alzando la voz todo lo que pudo, exclamó: «¿Quién está ahí abajo? ¿Quién es el que se queja?».

—Quién ha de estar aquí, o quién se ha de quejar —fue la respuesta—, sino el desdichado Sancho Panza, gobernador, por sus pecados y por su desventura, de la ínsula Barataria, escudero que fue del famoso caballero don Quijote de la Mancha?

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