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nydus/Don QuixotePublic
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XXIII. De lo que le sucedió a don Quijote en Sierra Morena

vence a todo respecto futuro, Ginés, que ni era agradecido ni bien condicionado, propuso de hurtar a Sancho Panza su asno, no se curando de Rocinante, por ser prenda que no valía para empeñar ni vender. Mientras Sancho dormía le hurtó su asno, y antes que el día amaneciese iba ya lejos del alcance.

Hizo su aparición la Aurora trayendo alegría a la tierra pero tristeza a Sancho Panza, pues halló que le faltaba su rucio, y viéndose sin él comenzó el más triste y doloroso lamento del mundo, tan alto que don Quijote despertó a sus voces y le oyó que decía:

«¡Oh hijo de mis entrañas, nacido en mi misma casa, pasatiempo de mis hijos, alegría de mi mujer, envidia de mis vecinos, alivio de mis cargas y, finalmente, mitad sustento mío, que con los veintíseis maravedís que ganabas cada día a la mitad cumplías mi carga!».

Don Quijote, al oír la lamentación y enterarse del motivo, consoló a Sancho con los mejores argumentos que pudo, rogándole que tuviera paciencia y prometiéndole darle una letra de cambio en la que ordenaba que le dieran tres de los cinco pollinos que tenía en su casa.

Sancho se consoló con esto, enjugó sus lágrimas, reprimió sus sollozos y dio las gracias por la merced que Don Quijote le había hecho.

Éste, por su parte, se alegró en extremo al entrar en las montañas, pues le parecieron el lugar idóneo para las aventuras que iba buscando. Le trajeron a la memoria los extraños sucesos que a los caballeros andantes les habían ocurrido en semejantes soledades y breñas, y así iba pensando en estas cosas, tan absorto y enajenado por ellas, que no se acordaba de ninguna otra.

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