Sobre Cervantes y Don Quijote
Cuatro generaciones se habían reído con el Don Quijote antes de que a nadie se le ocurriera preguntar quién y de qué laya de hombre era este Miguel de Cervantes Saavedra cuyo nombre figura en la portada; y ya era demasiado tarde para dar una respuesta satisfactoria a la pregunta cuando se propuso añadir una biografía del autor a la edición londinense publicada a instancia de lord Carteret en 1738.
Todos los rastros de la personalidad de Cervantes habían desaparecido para entonces. Cualquier tradición flotante que pudiera haber existido en su día, transmitida por hombres que lo habían conocido, se había extinguido hacía mucho tiempo, y de otros registros no había ninguno; pues los siglos XVI y XVII se mostraban indiferentes ante «los hombres de su tiempo», reproche del cual el siglo XIX, al menos, se ha puesto a salvo, aunque no haya producido ningún Shakespeare o Cervantes.
Todo lo que Mayans y Siscar, a quien se encomendó la tarea, o cualquiera de los que le siguieron, Ríos, Pellicer o Navarrete, pudieron hacer fue complementar las pocas alusiones que Cervantes hace de sí mismo en sus diversos prólogos con los testimonios documentales relativos a su vida que lograron encontrar.
Esto, sin embargo, ha sido hecho por el último de los biógrafos mencionados con tal acierto que ha desplazado a todos sus predecesores. La minuciosidad es la característica principal de la obra de Navarrete. Además de examinar, comprobar y ordenar con paciencia y juicio poco comunes lo que se había sacado a la luz con anterioridad, no dejó, como