todo costa, y ¡satanás para el maravedí que pagar!
Mientras esta conversación pasaba entre Sancho Panza y su mujer, el ama y la sobrina de don Quijote le acogieron y le desnudaron y le acostaron en su lecho viejo. Él las miraba de soslayo, y no podía acabar de entender dónde estaba.
El cura encargó a la sobrina que tuviese mucho cuidado de regalar a su tío y que le guardasen bien por si se les escapaba otra vez, contándole lo que habían tenido que hacer para traerle a casa.
Con esto, las dos volvieron a levantar las voces y a renovar las maldiciones contra los libros de caballerías, y suplicaban al cielo que hundiesen a los autores de semejantes mentiras y disparates en la mitad del abismo.
Estuvieron, en fin, con congoja y temor de que su tío y señor se les fuese a la besana en el mismo punto en que se viese un poco mejor, y, como lo temieron, así sucedió.