“Primeramente, hijo mío, has de temer a Dios, porque en el temor de él está la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada.
“En segundo lugar, has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que imaginarse puede. Del conocerte te saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey; que, si esto haces, vendrá a ser lindeza de tu locura el pie de la rueda el tener guardados puercos en tu tierra”.
—Esa es la verdad —dijo Sancho—; pero eso era cuando yo era muchacho; después, en siendo algo más hombre, gansos guardaba, y no puercos. Pero a mi parecer eso no hace al caso, porque no todos los que gobiernan han de ser de casta de reyes.
—Es verdad —dijo don Quixote—, y por eso los que no son de noble cuna deben procurar que la dignidad del oficio que ejercen vaya acompañada de una blanda suavidad, la cual, prudentemente manejada, los librará de las burlas de la malicia, de las que ninguna posición se libra.
«Gloriáte de tu humilde origen, Sancho, y no te desprecies de decir que vienes de labradores; porque, viendo que no te corres, nadie se pondrá a avergonzarte; y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio. Innumerables son aquellos que, de naciencia baja, han subido a la alta dignidad pontificia e imperial, y della te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran.
—Acuérdate, Sancho, de que si tomas por medio a la virtud, y te alabas de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que tienen príncipes y señores, porque la sangre se hereda, y la virtud se adquiere, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale.
“Siendo esto así, si por ventura alguno de tus parientes viniera a verte cuando estés en tu ínsula, no has de rechazarlo ni despreciarlo, sino por el contrario, recibirlo, hospedarlo y regalarlo; porque en hacerlo así serás